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Marta G. Franco: El internet que nos espera más allá de las las ‘big tech’

La autora acudió como invitada a las I Jornadas de Mediación, Lectura y Jóvenes de Gijón: "En las redes nos sentimos atrapadas por un régimen autoritario que cada vez nos gusta menos, nuestra experiencia en ellas es opuesta a la democracia y eso a veces tiene un límite”

Por Adela Riesco

“¿Es internet habitable hoy?” La pregunta es sencilla pero sugerente. Basta poco para entender a qué nos referimos. Y sé, casi con total seguridad, que has respondido que no. Normal, no es una conjetura tuya, resulta casi un hecho medible, evidente. Tal como hacen los gases de efecto invernadero en la tierra, existen muchas cosas que llevan años contaminando los entornos digitales. La monetización de los discursos de odio y miedo, las ‘granjas de bots’, la publicidad, los algoritmos, la reproducción automática, los resúmenes generados por IA o las sugerencias basadas en tus visualizaciones constituyen solo una parte del fenómeno de “enmierdamiento” que ha salpicado a la mayor parte del internet que conocemos.

Este concepto del escritor Cory Doctorow conforma tan solo una de los muchas ideas que nos pueden ayudar a comprender mejor la evolución de las plataformas sociales comerciales que han logrado monopolizar la experiencia del internet posmoderno y que la hacktivista y divulgadora andaluza Marta G. Franco utiliza en Las redes son nuestras (Consonni, 2024), una gran caja de herramientas teóricas en forma de ensayo que nos regala a las generaciones de herederes de estas plataformas para comprender mejor nuestro papel y, sobre todo, nuestras posibilidades frente a ellas. Franco responde crudamente a la pregunta con la que comenzamos: “Internet era nuestra. Nos la robaron entre quienes viven de extraer nuestros datos personales y quienes necesitan que se extienda el odio”. Sin embargo, hace algo inédito entre las voces de la crítica cultural a las que pertenece y nos abre ventanas, deja pasar luz: “Igual que nos inventamos internet por lo menos tres veces, podemos volver a inventárnosla ahora. Podemos idear otros futuros y hacerlos posibles”.

Aunque su historia comenzó en el pasado, un tanto olvidado,  de un en internet en le que todo surgía «del deseo de poder compartir información, comunicarse», su trayectoria personal en el mundo digital comenzó hace 25 años. Concretamente, desde 1999, llevándola a la primera línea de los movimientos ‘hacktivistas’ del 15M y posteriormente al equipo de redes sociales de Manuela Carmena durante su alcaldía en la capital. Su manera de entender —recordar— internet como lo hace se ha forjado ayudando a alumbrar proyectos de tintes bastante más esperanzadores que los de Meta, Elon Musk, Jack Dorsey y compañía, como la red social libre Lorea/N-1, el centro de cultura digital Medialab-Prado, los inicios de Indymedia o algunos hacklabs en centros sociales okupados. Solo así se entienden, entonces, sus ánimos y visión tecno-optimista ya perdidas entre el usuario de ‘a pie’ y que busca contagiar, con un poco de suerte, a las generaciones TikTok.

La pérdida de los espacios públicos de internet: ¿solo nos quedan las bibliotecas?

El mayor argumento de su crítica se apoya en una metáfora a la que recurre bastante: pensar en el mundo digital como la vida real, un lugar donde construimos parques, paseos frente al mar, centros de salud, comercios con el encanto del barrio, los bloques de edificios que habitamos y a los que invitamos a nuestra gente a tomar café y conversar… Espacios públicos y privados. En él también tenemos centros comerciales, esos grandes cubículos de hormigón hechos para el consumo que nosotres elegimos visitar para abastecernos de alguna cosa de tanto en tanto y de los que también decidimos cuándo salir. Pero ¿qué pasaría si nos quedásemos atrapades en ellos o fueran el único espacio en el que podemos estar?. La vida mirando escaparates y nada más. Algo parecido ocurre con internet en la actualidad, donde muchos servicios parecen solo accesibles a través de esas “grandes superficies” de lo digital. Gmail, Instagram, YouTube, Whatsapp, Amazon, Microsoft…

Otro gran sacrificado en este urbanismo de lo público —en ambos contextos, digital y analógico— son las bibliotecas. Más allá de las estanterías llenas de libros, se encuentra un gran rincón para la conversación, el intercambio de ideas, las redes de afinidad o el debate como son los clubes de lectura y por el que, como ocurre en las redes, les más jóvenes pelean por sentir como suyo. O al menos en Xixón, donde desde hace 8 años Freddy Gonçalves Da Silva interviene como mediador en los clubes de lectura juveniles de la Red de Bibliotecas del municipio. En el blog que da nombre a su proyecto, PezLinterna, defiende que “los jóvenes saben que la biblioteca es un espacio ciudadano del que también forman parte y que los clubes, las conversaciones y las lecturas que ocurren dentro de ese marco es una propuesta que construyen de forma colectiva, con sus voces como iguales”. Habla de resignificar ese espacio decimonónico que resulta la biblioteca como “un lugar seguro donde ellos pudieran inventar su autoestima en cuanto a la cultura”, sin sentir que se vigilan o evalúan sus opiniones.

La autora acudió como invitada a Ya nadie lee, las I Jornadas de Mediación, Lectura y Jóvenes de Xixón organizadas por PezLinterna y los clubes de lectura juveniles del municipio: elles defienden otras maneras de relacionarse con el acto de leer desde internet aunque no tengan lugar en sitios tan ‘apacibles’ como las bibliotecas

En sus reuniones, este conjunto de chavales de entre 16 y 25 años no solo comenta la lectura de turno: también juegan a videojuegos, escuchan música, quedan para ir al cine, levantan la voz, hacen ruido y se intercambian ese TikTok que les ha hecho tanta gracia. ¿Es eso también leer? Si defendemos que no, llegaremos a la conclusión de que “ya nadie lee”, el título que dio nombre a las I Jornadas de Mediación, Lectura y Jóvenes organizadas por PezLinterna que ocuparon la Antigua Escuela de Comercio durante los días 7 y 8 de julio. Elles por el contrario defienden que sí, que hay nuevas maneras de relacionarse con el acto de leer desde internet aunque no tengan lugar en sitios tan apacibles como las bibliotecas de Xixón, por eso tenía sentido invitar a esta autora e intentar hallar la manera de construir ‘bibliotecas’ digitales junto a ella. Ambas partes comparten propósito: hacer red, tejer nuevas redes (sociales).

Imagen cedida por ‘Ya nadie lee’ | Alma Hidalgo y Eyad Eim

Pero antes de fantasear con lo posible volvamos al presente: la jungla. «Estamos en un escenario que es consecuencia de lo que ha estado pasando con internet desde su origen, siempre ha sido un conjunto de innovaciones tecnológicas hechas desde centros de financiación pública, activistas, hackers, gente apasionada por las tecnologías… Y cuando esas innovaciones van cristalizando, siempre hay una pequeña élite de empresarios con mucho dinero que se encargan de buscarle el modelo de negocio. Ahí, los grandes inversores de Silicon Valley o de otros centros del capitalismo global, diseñan cómo se pueden monetizar estos servicios, creando una desalineación entre sus objetivos —que al final pasan por extraer nuestros datos para vender publicidad y últimamente para entrenar a sus inteligencias artificiales— y los fines para los que los usamos nosotras, que es para comunicarnos, divertirnos, hacer activismo o lo que sea. Por eso ahora estamos en un momento en el que van ganando muy a lo grande y muy desproporcionadamente estas élites, que están solo por la parte de extraer dinero y poder», describe la periodista.

La presión de estos fondos de inversión por explotar esa rentabilidad, sus prácticas descaradas de evasión fiscal, el extractivismo de datos personales para comercializar con terceros, su lucro a partir de código abierto hecho por otres y su connivencia con el poder político que alimentan les convierte en monopolios con capacidad para instaurar el absolutismo de funcionamiento en sus plataformas. La autora lo explica diciendo: «Si seguimos ahí es porque esas herramientas están también muy bien diseñadas para engancharnos y para que el coste de cambiar a otra sea muy alto. Estamos atrapadas en espacios que cada vez nos gustan menos, nuestra experiencia en estas redes sociales es lo opuesto a la democracia, porque no podemos elegir nada sobre cómo se configura o lo que pasa en ella. Y eso a veces tiene un límite, porque como en todo espacio autoritario, el dictador puede imponer mucho, pero puede llegar un momento en que la gente se rebele, diga «basta» y haga una revolución». Franco resiente un agotamiento generalizado, estamos más cerca del límite. «El contrato social con las big tech se está rompiendo», escribe en su libro. Lo presiente con indicios como «la falta de inocencia de acudir a cada red social nueva que sale» o las resistencias de la gente cuando «deja de usarlas, o están en ellas pero sin publicar nada, o que intentan educar al algoritmo…».

El futuro de la inteligencia artificial y la necesidad de contar con un registro de algoritmos

Puede que plataformas sociales comerciales estén alcanzando cierto momento de crisis, pero mientras tanto vivimos otra tendencia en pleno auge, otro «hype» tecnológico: los sistemas de inteligencia artificial. Con este asunto Franco no se anda con rodeos; admite que constituyen una de sus «principales preocupaciones sobre el futuro de internet». Y es que la cosa no es para menos: en su paquete de recortes fiscales y de gasto, el Big, Beautiful Bill, Donald Trump había intentado establecer la prohibición a los estados de aplicar cualquier ley que regule modelos de inteligencia artificial o sistemas de decisión automatizados durante los próximos 10 años. La propuesta fue rechazada en el Senado a comienzos de mes. «La verdad es que ahora mismo estamos en un momento que da mucho miedo y creo que también hay que promover un poco de agitación con el tema porque no sé si somos realmente conscientes de los alcances que tienen estos sistemas en automatizar completamente el control y la represión», vaticina la escritora.

El problema que ocurre con ellos es la opacidad en su funcionamiento y lo inapelable de su lógica. En el ensayo, Marta recoge una frase de la científica de datos Cathy O’Neil que lo resume muy bien: “Los algoritmos son opiniones integradas en el código”. Es decir, que pueden volverse reproductores de sesgos «racistas, sexistas, capacitas, edad, vistas y, en general, todas las discriminaciones prejuiciosas que hay en nuestro mundo», aclara. Cuenta el reciente caso de deportación a un periodista australiano que viajó a Estados Unidos desde Melbourne y fue detenido en el aeropuerto durante 12 horas “porque se entiende que con una IA habían analizado todo lo que subía a redes y estaba a favor de Palestina, había publicado un artículo sobre las protestas estudiantiles en Columbia… Y esto es cada vez más fácil y cada vez se va a dar más».

«En esto tendremos que empujar mucho porque si dejamos que se vaya automatizando todo sin entenderlo, en algún momento vamos a sufrir una decisión sobre nuestras vidas que no sabremos entender, ni sobre la cual podremos apelar». 

Sabiendo todo esto, una se queda un poco inquieta al escuchar a esta experta contar con mucha naturalidad que pronto veremos cómo recibir asistencia médica de una persona de carne y hueso se convertirá en artículo de lujo reservado a las tarifas de seguros más «altas», mientras que les pacientes con seguro médico más simplón serán solo tratades por lo que elucubre una IA. O que «la administración pública española ya utiliza algoritmos para concesión de ayudas y para controlar el pago de algunos impuestos». Lo deseable sería que estas contasen con un registro de los algoritmos y así poder conocer exactamente «cuáles inciden sobre nuestras vidas y de qué formas», algo para lo que plataformas como IA Ciudadana ya presionan a las instituciones europeas. «Tendremos que empujar mucho, porque si dejamos que se vaya automatizando todo sin entenderlo, en algún momento vamos a sufrir una decisión sobre nuestras vidas que no sabremos entender, ni sobre la cual podremos apelar», concluye.

Hace falta movilizarse, uno de los objetivos principales de su libro, y no porque «la lucha por Internet» sea más importante que «las luchas climáticas, sindicales, decoloniales, antirracistas, antifascistas, por la salud mental, por la vivienda, por la justicia, epistémica, etcétera, etcétera», sino porque «Internet es una herramienta sin la que muy difícilmente podremos avanzar en todas ellas» y en la que es muy fácil hacer que estas mismas se perpetúen. Gracias a voces como la suya sabemos que tenemos a “moderadores de TikTok cobrando dos dólares la hora desde Marruecos”, a “refugiades de Siria en Bulgaria recopilando selfis para sistemas de reconocimiento facial” o a “venezolanes recortando árboles de fotos de carreteras para que los coches autónomos aprendan a sortearlos”. Es decir, el Sur Global de nuevo precarizado para las industrias del Norte, porque «hay currantes del dato en cualquier sitio donde se cobre poco, funcione Internet y se hable suficiente inglés para entender las instrucciones».

Ahora quedémonos con qué pueden lograr les ciudadanes manifestándose para que las administraciones creen regulaciones que nos protejan frente a los gigantes de internet: «En general, la Unión Europea no estaría regulando como lo está haciendo si no hubiese lobbies ciudadanos en Bruselas, muchas organizaciones de derechos digitales que están funcionando…  La red más grande se llama EDRi, European Digital Rights, además de organizaciones en el Estado español como Amnistía Internacional, Oxfam; la FEDE y Xnet desde Cataluña… También está el movimiento de los padres para prohibir las pantallas y los teléfonos durante la infancia, o esos intentos colectivos de hackear al algoritmo de los trabajadores de Glovo y Deliveroo, que en chats en WhatsApp se explican cómo funciona el algoritmo y comparten sus trucos y demás».

¿Qué alternativas nos esperan?

Poner el cuerpo y tomar la calle siempre es una muy buena práctica de lucha social, pero como personas cada vez más existentes en lo digital, ¿qué podemos hacer desde internet? La hacker propone cosas nuevas y recursos más clásicos de lo que pensamos, como la «separación física del teléfono» en momentos clave del día; hacerse listas de cosas, apuntar referencias, escribirse ideas (incluso guardar enlaces de páginas web) en papel; buscar cierta «sobriedad en el consumo» de redes y quitarse todo lo superfluo -«consumimos muchísimas cosas que no necesitamos y que incluso pensamos que nos intoxican, o sea que es muy fácil ponerse a recortar», recuerda-; o utilizar bloqueadores de anuncios para navegadores y teléfonos móviles, pueden tomarse como unos primeros pasos interesantes.

De otro lado, si queremos ver mundos más allá o, directamente, nos planteamos escapar de los grandes centros comerciales de una vez, ya tenemos alternativas como Mastodon, Pantube, Wattpad o clásicos como Reddit. La primera es posiblemente la opción que más entusiasma a la activista, ya que «no es una sola plataforma, sino una red de plataformas, cada una de ellas llamadas ‘instancia’, que se pueden conectar entre sí gracias a que usan un protocolo común» y donde «toda persona que así lo desee —y que disponga de tiempo, conocimientos técnicos y algo de dinero—, puede montar su propia instancia utilizando su software libre». Pertenece al entorno de las plataformas sociales de software libre interoperables, es decir, que, a pesar de constituirse como plataformas independientes, en ellas los usuarios pueden comunicarse, intercambiar información y trabajar juntos de manera efectiva. Marta las llama redes federadas, de ahí que haya apodado a este mundillo como el fediverso. «Y están viviendo una época dorada gracias a los desvaríos de Musk».

Conozcan este fediverso aún o no, la andaluza observa a las generaciones más jóvenes y deposita su confianza, porque ve en ellxs «mucha conciencia de los problemas derivados de las redes» y «mucho más sentido común a la hora de utilizarlas» que algunas generaciones predecesoras. Cada caso cambia, pero defiende que, como usuarixs, «han aprendido a gestionar la privacidad de otra manera», con ejemplos como «no tener cuentas de Instagram con sus nombres y apellidos» o una tendencia a «utilizar espacios más efímeros como stories en vez de publicaciones». Sabe que a algunxs nos ha tocado vivir la peor cara de las redes a lo largo de su historia y apoya la evidencia en los «datos sobre problemas de salud mental» y el «deterioro cognitivo» que implican, aunque se resiste a simplificar ese malestar en nuestra relación con las pantallas y exige responsabilidades políticas a aquellos que aún no solucionan los otros muchos problemas que acrecientan ese sentimiento generalizado de ansiedad que atraviesa la experiencia juvenil del hoy, como «el aumento de la desigualdad, la dificultad de acceso a la vivienda, la precarización del mercado laboral, la crisis climática, el ascenso de modelos autoritarios en muchos países… «.

Para todo ello hace falta organizarse para reivindicar y actuar de una manera coordinada: averiguar la manera de huir de los centros comerciales y encontrar dónde están las plazas, parques, bares y bibliotecas… Desde las que empezar a interrogarnos qué son las redes sociales e internet para nosotrxs; que pueden ser, qué queremos que sean, algo que precisamente ella misma preguntaba a Rotar, uno de los chicos del club literario y con quien compartió conversación en las jornadas de Xixón. Se trata de empezar con unas preguntas para continuar con otras, que la duda sea guía, rector, hilo conductor.